02/12/2011 54' 38''

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Producido por Roc Jiménez de Cisneros

Desde sus comienzos, la carrera de William Bennett ha esquivado la simplicidad de la transparencia en favor de una doble o triple lectura que invita a seguir tirando del hilo.

El nombre de Whitehouse, el grupo que fundó en 1980, surgió como doble tributo sarcástico: por un lado, en referencia a la activista ultraconservadora Mary Whitehouse, y por otro, a una revista pornográfica del mismo nombre publicada en el Reino Unido en la década de los setenta. Aunque ese es tan solo un ejemplo, la presencia del subtexto es una constante a lo largo de una trayectoria que funciona casi como un test de Rorschach audible.

El corpus artístico de Bennett es un entramado de mitos, tabús y bestias negras concebido para sacar al espectador (a veces por la fuerza) de su zona de confort natural. No solo a base de ruido, sino de metáforas, de símbolos y de usos pervertidos del sonido y de la palabra. Y esta particular forma de entender el acto creativo o la catarsis colectiva se refleja, casi punto por punto, en las respectivas obsesiones de Bennett como coleccionista musical.

A pesar de las enormes diferencias de contexto cultural, marco temporal e incluso funcional, sus cuatro principales áreas de interés (la vanguardia del siglo XX, el italo disco, las bandas sonoras, y la música de percusión del oeste de África) esconden numerosas claves que iluminan desde varios ángulos el hermético universo musical de Bennett, así como su forma de concebir el propio acto de coleccionar.

Lejos de la mera acumulación de objetos, su acercamiento a la colección implica un meticuloso proceso de constante purga y renovación en pos de eso que él mismo denomina "pureza", o lo que, en una referencia directa a Whitehouse, podríamos llamar "ascetismo". Porque esa actitud de reduccionismo radical que sobrevuela buena parte de la obra de William Bennett, preside también una colección musical increíblemente variada pero tremendamente coherente, en la que la nostalgia cobra tintes de investigación arqueológica.

Igual que las diez láminas del test de Rorschach, la colección del artista británico hace aflorar inquietudes, fijaciones, y toda una forma de entender la música como proceso cultural y humano.


 

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