12/01/2011 60' 0''

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A cargo de Chris Brown

De la misma forma que la conquista del Oeste de los Estados Unidos giró entorno a la construcción del ferrocarril, la lucha por la dominación global se fundamentó en el desarrollo de las nuevas tecnologías de comunicación electrónica a final de los 70 y durante la década de los 80 en Silicon Valley. Fue una época de desenfreno para nuevas compañías dirigidas desde pequeños garajes por unos cuantos "geeks" e inversores caseros.

En la periferia de este movimiento y alimentados del excedente de las industrias de la electrónica y la aviación, una manada de experimentadores musicales soñaba con un futuro donde la tecnología hiciera posibles nuevas formas de libertad musical; un cambio que les hiciera libres de orquestas y partituras, libres de escalas y temperamento, libres de la academia, libres de la industria musical y, por encima de todo, un cambio que otorgara total libertad al ruido. La improvisación libre era la "lingua franca" bajo la que músicos de jazz, percusionistas caseros, inventores de instrumentos y hackers informáticos podían encontrarse para tocar.

Fue precisamente en este peculiar caldo de cultivo musical donde seis músicos idealistas seducidos por la programación conectaron en red sus primitivas microcomputadoras de 8 bits, a la búsqueda de la belleza compleja de los automatismos. El colectivo se inspiraba en la orquesta casera de Harry Partch, la indeterminación de John Cage, el ruido electrónico de David Tudor, y alguna pincelada del misterio de Captain Beefheart y el ritual sónico de Sun Ra. Su música, una especie de fantasía quijotesca y pacifista repleta de gritos incontrolables tanto de ira como de alegría, era la consecuencia directa de la confrontación de una educación hippie con la realidad de las guerras en El Salvador y Nicaragua que tan de cerca vivieron.

Y por si quedaba alguna duda de que todavía vivían en el salvaje Oeste, en 1978 un político se coló por una ventana del ayuntamiento de San Francisco con una pistola cargada y disparó a bocajarro contra el alcalde y el supervisor municipal gay, recientemente elegido. Más tarde, el asesino fue declarado inocente de ambos crímenes alegando como defensa la "locura temporal" que le causó la ingestión de Twinkies (una comida basura con alto contenido en azúcar) el día anterior a los homicidios.

La epidemia de SIDA emergió brutalmente en la comunidad artística local, alimentando tanto la paranoia como su intensidad. Todo esto, con la implacable sirena pop de Disney sonando constantemente como telón de fondo. Y a pesar de todo, la búsqueda apasionada de la belleza del caos continuó viva, ofreciendo el refugio perfecto del exceso de control y la falta de contacto con la naturaleza. ¿Es posible que nazca música de los desechos industriales? ¿Puede haber armonía en un diálogo interactivo entre cañas, varillas de bronce, algoritmos de ordenador y corrientes de electrones resonantes?

En este podcast, Chris Brown, uno de los protagonistas de la historia presenta su personal película de esa salvaje escena musical. Fragmentos de actuaciones, sesiones de grabación en casas y garajes, e instalaciones sonoras concebidas para aparcamientos se entremezclan como si fueran tiras de pasta y condimentadas con un poco de queso de una banda sonora de Sergio Leone para añadir algo de sabor épico. La salsa la proporcionaron todas las coincidencias que unieron a ese montón de compañeros de viaje sónico. 

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